El negocio del escudo humano: Cuando la tibieza ampara al terrorista.

Hay una perversión macabra en el debate público colombiano; la indignación selectiva de quienes, sentados en la comodidad de sus casas, detrás de unos celulares y blindados por la distancia y, tirándoselas de café con leche por las acciones encaminadas a neutralizar a los terroristas; si señores lectores, ya que timaron la buena voluntad, creo yo, de quien les quiso ofrecer una negociación de paz y se burlaron; so pretexto en seguir delinquiendo.

Ahora sí viene el lloriqueo; pero cuando mataban inmisericordemente a personas, campesinos, niños, niñas y adolecescentes, vemos hoy en día como los protectores del terrorismo hacían mutis por el foro, es decir cuando matan a un pobre a nadie le duele, porque no es visible, va directo a las estadísticas como víctimas del conflicto. Lo que hoy observo es que esas personas que defienden a ultranza, lo que pretenden es desarmar al Estado mientras los criminales masacran, extorsionan y secuestran no es defensa de los derechos humanos; sino en complicidad abierta con los grupos terroristas.

Se ha montado un circo de cínicos e hipócritas que pretenden juzgar la respuesta del Estado con la lupa de la perfección, mientras les dan una patente de corso a asesinos y narcotraficantes. El Derecho Internacional Humanitario no deja lugar a dudas: los campamentos de los grupos armados ilegales son objetivos militares legítimos. Punto. Quien viste un uniforme al margen de la ley, porta un fusil y opera desde la clandestinidad para sembrar el terror ha renunciado voluntariamente a la protección civil. Que pretendan hacer pasar campamentos de guerra por santuarios intocables es una estafa legal y una cobardía política.

Pero la tapa de la caja y la podredumbre mental y la miseria ética llega con el tema del reclutamiento infantil. Quienes acusan a las Fuerzas Militares por bombardear campamentos donde hay menores están alimentando, conscientemente, el incentivo más perverso del conflicto: el uso de niños como escudos humanos.

Llámenlo por su nombre: el terrorismo secuestra, adoctrina, recluta, arma y pone a los niños en primera línea precisamente porque sabe que en las ciudades hay una horda de «defensores» de la peor ralea, dispuesta a paralizar al Estado. Cada vez que un colombiano critica, prohíbe o satanizan un bombardeo porque hay un menor presente, le están enviando un mensaje directo al cabecilla criminal: «Siga reclutando niños, que ellos son su póliza de inmunidad». Eso no es proteger a la infancia; es entregarla en bandeja de plata a esos animales.

Es momento de desenmascarar a esta élite que condena al soldado que arriesga la vida y disculpa al criminal que degrada la patria. Guardan un silencio ruin cuando las guerrillas o las bandas criminales fusilan campesinos, pero ladran con rabia cuando la aviación militar descarga la fuerza del Estado sobre las madrigueras del crimen. Esa doble moral da ganas de vomitar.

Una sociedad que le teme a su propia capacidad ofensiva, es una sociedad condenada y dispuesta a ser serviles del terrorismo. La verdadera paz no se negocia de rodillas ni se construye agachando la cabeza ante los Delincuentes, por algo el Estado Colombiano tiene el Monopolio de las armas.

El orden se impone con la ley o con la fuerza de las armas; por eso el Estos tiene hoy la determinación infranqueable de aplastar a los enemigos de la libertad y de la tranquilidad del pueblo. Quienes defienden la inacción militar no buscan la paz; lo único que buscan es que el terrorismo gane la guerra. Y eso no se debe permitir en ninguna circunstancia.

Lo dijo Winston Churchill, en su momento: “Un Estado que cede ante el chantaje de la violencia no compra la tranquilidad; únicamente financia su propia destrucción. “.
Eso es lo que quieren los Colombianos, la destrucción del país.?

 

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