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El Intervencionista

El dolor enceguece

El dolor tiene una característica particular: puede alterar nuestra manera de mirar la realidad. Cuando perdemos algo que considerábamos nuestro, no siempre reaccionamos desde la razón. Puede aparecer la ira, la frustración, la negación o el resentimiento. Y la pérdida no necesariamente tiene que ser la de un ser querido. También puede ser la pérdida de una apuesta, de un partido de fútbol, de una relación o, en política, la pérdida del poder.

Incluso el derecho reconoce que las emociones intensas pueden afectar la conducta humana. El Código Penal colombiano contempla la figura de la ira o intenso dolor como circunstancia que, bajo determinadas condiciones, puede atenuar una consecuencia penal. Esto no significa que la emoción elimine la responsabilidad, sino que reconoce algo elemental: el ser humano no siempre actúa con la misma capacidad de razonamiento cuando está sometido a una intensa carga emocional.

Algo parecido ocurre en el debate político colombiano después de la derrota electoral del petrismo.

El problema aparece cuando el dolor de perder impide analizar los hechos por lo que realmente son. Entonces se mira la forma y no el fondo; el titular y no el contenido; la cifra y no aquello que explica la cifra. Eso ocurre con el nuevo Presupuesto General de la Nación.

La crítica se ha concentrado en que el Gobierno aumentó el presupuesto de aproximadamente $575,7 billones a cerca de $634,9 billones. La cifra, presentada aisladamente, parece suficiente para construir un reproche: Prometieron austeridad pero: “¡Aumentaron el presupuesto!”. Esa es precisamente una mirada superficial.

La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿por qué aumentó?

El nuevo Gobierno sostiene que recibió un presupuesto que no reflejaba adecuadamente la realidad de determinadas obligaciones fiscales y que, especialmente, subestimaba el verdadero costo del servicio de la deuda. La reformulación incorporó un incremento sustancial en este apartado, además de otros gastos que debían ser reconocidos. Como mencionó el vicepresidente José Manuel Restrepo, era un presupuesto mentiroso.

Entonces aparece una paradoja: un presupuesto menor no necesariamente es un presupuesto más responsable. Si una cifra menor se consigue omitiendo, subestimando o financiando con recursos inciertos obligaciones que inevitablemente deberán pagarse, lo que existe no es austeridad, sino una representación incompleta de la realidad.

Por eso, llamar “Presupuesto de la Verdad” al nuevo proyecto tiene una carga política evidente, pero también plantea una discusión técnica legítima: ¿estamos ante un presupuesto más grande porque el Gobierno decidió gastar irresponsablemente, o ante un presupuesto más grande porque decidió reconocer la verdadera obligación que encontró?

Esa es la discusión que debería darse. Pero al petrismo en sus emociones negativas, no le interesa, solo le importa reprochar, inclusive haciendo el ridículo.

Algo similar ocurre cuando la emoción hace que se juzgue un hecho por su apariencia. El episodio de los balones es un ejemplo. El reproche se concentró en el supuesto “regalo” y, para muchos, esa imagen terminó eclipsando la discusión sobre la ayuda en alimentación, medicamentos y atención a las comunidades beneficiadas.

Se condenó el símbolo antes de examinar el contenido. Eso es mirar la política con los ojos de la emoción, en este caso, la envidia, resentimiento y odio.

La derrota electoral duele. Perder el poder duele todavía más cuando se ha convertido la política en una parte fundamental de la propia identidad y cuando no se reconoce al vencedor. Pero ese dolor no puede convertirse en método de análisis. La realidad no cambia porque nos duela.

El presupuesto debe juzgarse por sus números, sus supuestos, sus obligaciones y sus fuentes de financiación. Y un Gobierno debe ser juzgado por sus resultados, no simplemente por la imagen que sus adversarios construyan de sus decisiones. Porque al final, el verdadero peligro no es sentir dolor por perder.

El verdadero peligro es permitir que ese dolor nos impida ver la verdad.

 

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