El arte de pedir la parada en tiempos de ruido y algoritmos

¿Qué es la vida si no el conjunto de sus partes formando un baile en el camino que cada quien anda? Anhelamos que sea el recorrido profundo de los saberes, el bienestar de los placeres, el amor que no se rompe y el disfrute sereno de lo natural.

Sin embargo, hoy el cuadro se nos ha revestido con los tonos grises del cambio climático, las catástrofes, el carbón de una política que dejó de servir para convertirse en ataque, y ese tazón de frutas podridas que nos escupen los algoritmos. Entre la ruleta de las ansiedades y la inercia de un mundo conducido por otros, la existencia se ha reducido a un scroll: un bajar el dedo en automático que nos desenfoca de caminar sin prisa, de beber de los frutos de nuestras propias manos y de tejer esa red de apoyo que llamamos comunidad.

Esa desconexión se alimenta de un espejismo: el sentido equivocado del éxito que se nos ha vendido por siglos. Nos empujan a caber en un pedestal de honores como si la vida fuera una carrera de velocidad, utilizando los rellenos materiales para tapar los huecos del existencialismo y demostrar superioridad.

No se trata de renunciar a cubrir las necesidades básicas, pues el ser humano obra según sus capacidades; el peligro radica en la acumulación absurda, en un orgullo que, vestido de mil formas, nos distancia de nuestra esencia. Como bien señala el filósofo Byung-Chul Han, vivimos en una sociedad del rendimiento donde nos explotamos a nosotros mismos creyendo que somos libres, atrapados en una autoexplotación que vacía el alma. Nadie nos obliga explícitamente, es verdad, pero todo el sistema parece conducirnos como ovejas al matadero.

¿Cómo romper esa inercia?

Para entenderlo, basta observar la vida de un recién nacido. Llega sin posesiones, sin más necesidad material que el afecto y el calor de su origen. De igual modo, un árbol no crece sin hundir sus raíces en la tierra que lo habita y lo nutre. El ser humano lleva el origen impreso en su ADN, pero es su autonomía la que decide sobre qué tierra crecer.

Después de atravesar tantas capas superficiales, nuestra esencia permanece intacta, idéntica a una semilla inamovible. Es cierto que a veces necesitamos caer al fondo o atravesar despertares dolorosos para recordar de dónde venimos; pero, pase lo que pase, la autonomía sigue siendo el timón: la facultad íntima de decidir si seguimos estancados en la caída o si nos atrevemos a pedir la parada.

A veces sentimos que vamos en el bus equivocado. Pero hoy la fe nos recuerda que es imposible hallar satisfacción sin creer genuinamente; de nada sirve acumular ganancias si el alma carece de propósito, tanto para la vida propia como para la de los demás. Al final, todos somos capaces de experimentar la felicidad colectiva si aprendemos a ser buenos administradores de nuestro propio destino.

Porque la vida, al fin y al cabo, se compone de aquello que nos devuelve el latido: la sensibilidad de un niño, la conciencia de un abuelo, las manos de una madre, la seguridad de un padre, el alimento de un árbol, la compañía de un animal, el pulso y el sudor de los ríos y mares, la melodía de las cuerdas al viento junto al baile de las manos y tantas fotos guardadas para el álbum de lo genuino.

Detenerse no es rendirse; es un acto de soberanía interior. Apagar la pantalla, soltar el ruido y cambiar el corazón de piedra por uno de carne, sensible al compás de lo humano, nos recuerda que la existencia no era una carrera que debíamos ganar, sino un camino que merece ser caminado con los ojos bien abiertos.

 

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