Sucre y las ausencias que invitan a reflexionar

Fuimos testigos de una convocatoria ciudadana en Sincelejo en nombre de la libertad y la democracia, motivada por la condena judicial del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Esta manifestación, liderada por voces visibles del Centro Democrático en Sucre, parecía tener todos los elementos para convertirse en un hecho multitudinario. Sin embargo, la realidad fue otra: el número de asistentes fue reducido y no correspondió a la expectativa que generaban las redes sociales, donde la indignación parecía ser mayoría.

Una concejala de la ciudad capital y un diputado departamental que, si bien se eligieron con pocos votos, estos no se ven en la movilidad real y la necesidad que tienen de mostrar resultados de cara a elecciones a congreso. ¿Están desconectados o ya no obedecen a sus causas?

Este contraste entre el ruido digital y la presencia real en las calles no puede pasarnos desapercibido. Más allá de las banderas políticas o los nombres propios, vale la pena preguntarnos qué está pasando con el vínculo entre los liderazgos locales y la ciudadanía. ¿Por qué, a pesar de la fuerte presencia virtual, no hay eco en el territorio? ¿Qué tipo de representación estamos construyendo? ¿Estamos hablando entre nosotros o escuchando verdaderamente a la gente?
También es una oportunidad para que los y las jóvenes de Sucre y de todo el país piensen su papel en la política. No desde el odio, la burla o la polarización, sino desde el compromiso con el territorio, con sus barrios, con sus causas. No se trata de marchar por alguien, sino de caminar por algo: por la educación, por la equidad, por la memoria, por los derechos humanos. El verdadero liderazgo no se mide por los seguidores, sino por la coherencia, por la empatía y por la capacidad de escuchar.

Celebro que quienes se manifestaron hayan podido hacerlo con libertad y sin temor. Ojalá ese mismo derecho lo ejerzan todas las voces, incluso aquellas que han sido históricamente silenciadas. En tiempos donde la democracia se ve desafiada por la desinformación y el ruido, hacer silencio para pensar puede ser un acto profundamente político.

Invito a que, como sociedad, hagamos una pausa y volvamos a lo esencial. A reconocer que ninguna ideología vale más que la dignidad humana, y que ninguna causa será justa si nos lleva a odiarnos entre hermanos. Colombia nos necesita a todos y todas, no como enemigos en bandos opuestos, sino como ciudadanos que, desde distintas orillas, queremos lo mismo: un país más justo, más decente y más humano.

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