En la política colombiana, pocas figuras generan tantas pasiones —a favor y en contra— como Álvaro Uribe Vélez. Su nombre, incluso años después de haber dejado la Presidencia, sigue dominando el debate público. Y hay quienes han hecho de esa realidad no un punto de discusión, sino el eje completo de su estrategia política. Uno de ellos es el senador y candidato Iván Cepeda Castro.
No es coincidencia: Cepeda menciona a Uribe de forma obsesiva. Lo hace en discursos, entrevistas y propuestas. Más que contrastar ideas, su fórmula es clara y repetitiva: convertir a Uribe en el enemigo permanente y, a partir de ahí, recoger el voto de quienes sienten rechazo hacia todo lo que represente el uribismo. No construye sobre una visión sólida de país; construye sobre la confrontación.
Este tipo de política es peligrosa y profundamente limitada. Porque gobernar un país no se trata de señalar a un adversario, sino de ofrecer soluciones reales. Y ahí es donde surgen las dudas de fondo: ¿qué propone realmente Cepeda más allá de su discurso contra Uribe? ¿Dónde están las ideas contundentes que respondan a los problemas de seguridad, empleo o crecimiento económico?
Su trayectoria en el Congreso, no ha dejado resultados proporcionales a la visibilidad que hoy busca capitalizar. Y su aspiración presidencial parece depender más del rencor acumulado en ciertos sectores que de una propuesta seria y estructurada para Colombia.
A esto se suma una percepción que no puede ignorarse: la de un candidato profundamente alineado con sectores ideológicos de izquierda, incluso con grupos armados ilegales, como las extintas FARC y/o la segunda Marquetalia; que han generado violencia, división y desconfianza en el país. Sus críticos lo ven más como un vocero de esas corrientes que como un líder capaz de unir a los colombianos.
El problema de fondo es claro: cuando la política se convierte en un ejercicio de odio, el país pierde. Se reemplazan las soluciones por discursos incendiarios, y el debate serio por la descalificación constante. Colombia no necesita más confrontación; necesita liderazgo con carácter, propuestas viables, seguridad y resultados.
La experiencia reciente refuerza esa advertencia. El gobierno de Gustavo Petro llegó al poder con una narrativa similar, basada en la confrontación y el rechazo a sus opositores. Hoy, enfrenta un desgaste evidente y un creciente número de ciudadanos que sienten que las promesas no se tradujeron en soluciones concretas.
En contraste, hay liderazgos que han optado por un camino distinto: el de las propuestas claras y la firmeza institucional. Figuras como Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia han planteado, con mayor contundencia, rutas enfocadas en recuperar la seguridad, fortalecer la economía y restablecer el orden. Podrán gustar o no, pero hay un elemento innegable: están hablando de soluciones, no de obsesiones.
Apostarle al resentimiento puede dar votos en campaña, pero difícilmente construye gobierno. Porque el día después de las elecciones no se gobierna con discursos de odio, sino con decisiones, resultados y liderazgo.
Colombia no puede seguir atrapada en una política de trincheras, donde todo gira alrededor de un solo nombre. El país necesita avanzar, no quedarse anclado en la confrontación eterna.
Y ese es el gran desafío: demostrar que hay algo más que rabia. Porque si la candidatura de Iván Cepeda se reduce a hablar contra Uribe, entonces no estamos ante un proyecto de país, sino ante una estrategia electoral vacía. Y Colombia ya ha pagado demasiado caro ese tipo de apuestas con el gobierno de Gustavo Petro.