El desarraigo

Una mayoría de jóvenes en mi generación han demostrado que tienen una falta de arraigo con el país, no sólo eligiendo estudiar o trabajar por fuera, sino también consumiendo únicamente cultura de otros países.

Llamo desarraigo no a la falta de tradición, sino a la imposibilidad de sostener algo en el tiempo sin convertirlo en espectáculo o consigna. Si detallamos esa falta de arraigo con el país descubriremos que también se permea en otras dimensiones. Usan el trabajo como medio, pero nunca conectan con lo que hacen, o van a viajes por la foto y no por conocer los lugares o la gente que los habita.

Todo es pasajero, hasta la atención que le préstamos a ciertas noticias y la eventual indignación que nos despierta. Sin quererlo la vida se nos vuelve un pasar sin apreciar, sin agradecer y sin verdaderamente estar.

A pesar de que es una cuestión general, me gustaría centrarme en el desarraigo en la política en relación con la identidad nacional. Sí, denunciamos y ondeamos banderas, salimos a las calles, nos preocupamos a través de las redes sociales, nos amistamos y perdemos gente de nuestras vidas por este tema, pero nadie, tal vez ningún colombiano se ha puesto a pensar que todas estas son formas de evitar una conversación más profunda sobre ¿Qué significa ser colombiano? y ¿de qué se trata esta identidad que queremos defender y preservar? Lo cierto es que, cuando nada nos compromete en la vida cotidiana, tampoco la política puede hacerlo: se vuelve una identidad más que se usa, se abandona y se reemplaza.

Hace poco viví los Carnavales de Barranquilla y es impresionante para alguien que vivió toda su vida en Bogotá, ver como esta ciudad cambia avivando un sentir patriótico por la tradición, la identidad y la cultura. En Bogotá no se vive nada parecido. Sin duda ese sentir de los barranquilleros no es tan pasajero, pero no deja de ser curioso que no se pueden definir sin echar mano de la tradición, como si lo que los uniera solo pudiera ser encontrado en la historia y no en el presente cuando más se necesita para combatir problemas como los de seguridad.

Somos un país lleno de nostalgia porque nos cuesta pensarnos en presente, porque duele; y, mucho menos en futuro, porque aterra.

Algunos jóvenes quieren votar en las presidenciales por una ideología particular llenando sus motivos de puro odio y desprecio. Se imaginan un adversario alejado de la realidad, como el empresario malvado o el político corrupto. Los hay, no soy ingenuo, pero no son todos. Otros jóvenes quieren hacer un ejercicio de voto útil, «con cual caballo gano/ si voto por este entonces este otro» sin pensar en que ese voto puede terminar inflando personajes indeseables o haciendo del voto una apuesta y no una decisión consciente. Renunciar a la ilusión democrática no nos volvió más lúcidos, nos volvió más cómodos y adictos al desarraigo.

Tal vez el proyecto político que necesitamos no es uno que nos diga qué pensar, sino uno que vuelva a preguntarse “para qué estoy” y construya identidad alejándonos del “contra quién” que nos estanca y aleja de lo importante. Debemos volver a pensar como cuando marchábamos en el 2016 o en el 2019-21, sabiendo que lo que necesita este país es unidad, transparencia, decencia y un proyecto político que trascienda gobiernos y nos enorgullezca de esta identidad ominosa que cargamos sin saber.

Si en lo individual y en el ocio de mi generación reina el desarraigo, necesitamos crear un Servicio Cívico Obligatorio, como en Argentina para los jóvenes “Nini”, que nos invite a abrir nuestro entendimiento a la cultura, al trabajo propositivo por las regiones. Comprometernos con el otro y con el país, será también un ejercicio de comprometernos con lo que hacemos para alivianar tanto desarraigo.

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